Dramaticidad existencial


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La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto
incompleto, que es preciso seguir realizando a lo largo de nuestra existencia y cada día.
La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿Cómo se lleva a cabo este proyecto de realización
de la persona? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?
La pobreza más profunda, es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda
y contradictoria.

Esta pobreza se haya hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades
materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la
incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia..., todos los vicios que arruinan la vida de
las personas y del mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte
de vivir todo lo demás ya no funciona. Pero este arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede
comunicar y enseñar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona.

La belleza de la vida coincide matemáticamente con el amor a la vida, desde el primer día de
la vida, hasta el último, coincide con la búsqueda de la verdad, con la pasión de la libertad, con
una esperanza fundada en un hecho presente - ¡La belleza de vuestra vida! – que ya la creación
da como primicia al ciento por uno, y hace mirar hacia el futuro sin temor.

Encontrar esta vida, verla con los ojos, palparla, es lo que el corazón del mundo espera. Si los
hombres no la encuentran (La Belleza) decaen inevitablemente en el desaliento y la desesperación,
y “La búsqueda de la felicidad acaba siendo un inútil ejercicio de sufrimiento permanente
para conseguirla”. La felicidad no es un mito, una obligación angustiosa, o una invención imposible.
Es una exigencia del corazón, que constituye la esencia misma del hombre, y que encuentra
su cumplimiento en la relación con el Misterio de Aquel que hace buenas todas las cosas.

“La belleza de la Iglesia que somos, que el Señor nos llama a ser y nos concede ser, es infinitamente
más grande que cualquier obra de arte , la belleza del Misterio que es la Iglesia, la presencia
de Dios en nosotros.”

Y esta belleza sostiene la vida, sostiene nuestros matrimonios, la conciencia de nuestra dignidad
de personas, todas amadas por Dios., nuestra entrega por nuestros hijos, el significado último de
nuestro trabajo, sostiene el corazón ante el dolor de la enfermedad o de la muerte; hace de
cada minuto y de cada gesto de la vida algo inmensamente grande; y hace posible la esperanza
de los hombres.

Esta obra de Ramón Garrido, quiere ser un anuncio profético de la belleza de nuestra vida cristiana,
que hace posible la esperanza de los hombres.

Mirando a tantos artistas que tratan de expresar a través de las cosas cotidianas y que los demás,
ni siquiera vemos en la mayoría de las ocasiones, debido a la rapidez con la que actuamos
en lo cotidiano, deberíamos pensar en una síntesis de la cual tiene necesidad el momento cultural
cristiano de Occidente, como es el recuperar un arte, capaz de reflejar el contenido de
nuestra fé.

Todo esto en función del amor al hombre, al más pobre, aunque no esté lo suficientemente instruido,
que pueda hallar en el arte una verdadera emoción estética que lo ayude en su camino de fé.
El arte como un reflejo del alma, un anuncio celeste.

En los años pasados Ramón ha trabajado sobre elementos de desecho. Sereno, tranquilo, fervoroso,
incansable y con breves paradas para rezar y dar alabanza al Señor. Sí, también momentos
de oración en este actualísimo “ora et labora” del moderno artista del Camino Neocatecumenal.
Un trabajo de arte quizás único, de una profunda fé cristiana y de una vocación puramente
voluntaria y extraña a cualquier pretensión profesional o pecuniaria, dedicada a obras de alto
significado religioso y de seguro prestigio artístico.

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