La expresión artística del diálogo poético


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La creación artística es consecuencia de una eclosión interior incontenible que vierte en formas
de original estética la vida que hierve en el espíritu. Por eso, toda obra inserta razonablemente en
el ámbito del arte, goza de una singularidad que la hace única. Las semejanzas entre obras del
mismo autor e incluso entre diferentes autores son innegables en muchos casos. La pertenencia
de diversos creadores a una escuela concreta, o de distintas obras a la misma etapa de la vida
de un artista dan razón de ello. A pesar de todo, la inspiración del momento, que suele brotar del
interior como una fuerza irresistible, alentada por los más diversos elementos o factores, imprime
en la obra el sello de lo irrepetible.
El verdadero artista agota su concreta inspiración en cada obra. Sentirse llamado a reproducir un
original en que el autor ha volcado la riqueza de su vivencia profunda, sume al artista en la
contradicción semejante a la que supondría paralizar su vida o volver al pasado ya consumido.
La obra realizada llevó con ella la vida que acontecía en el momento de la creación artística.
La madre no puede dar a luz dos veces el mismo hijo. La semejanza del parto con la creación
artística no carece de sentido. Por ello, la invitación a repetir un obra de arte sorprende al artista
enfrentándole con las mismas incongruencias que presenta el juego de lo imposible. La reacción
espontánea del artista ante la invitación a este imposible es de un rechazo tan firme como el que
merece la tentación del mimetismo de sí mismo. El artista, siempre creador, siente la aversión ante
el paso estéril del regreso al pasado. El auténtico artista mira siempre tan hacia el futuro que
avanza agotando en cada paso el presente que Dios le regala en cada instante creativo.
Por la íntima relación que existe en cada momento entre la identidad más personal del autor y la
obra en que vuelca sinceramente su espíritu, podemos afirmar que toda creación artística es
como una confidencia del autor o como una ventana abierta a la interioridad del artista. En tanto
es así, la contemplación de una obra de arte debe despertar una actitud de respeto agradecido
al autor, en primer lugar, por la confidencia que nos hace y, en segundo lugar, por el deleite
estético que propicia con su obra.

Observar la secuencia artística de un autor equivale, habitualmente, a seguir la evolución
profunda de su acontecer espiritual. Por ello, la contemplación de su obra nos abre a la pregunta
acerca de las circunstancias personales, familiares y sociales, culturales, religiosas, académicas o
ambientales en que pudo encontrarse en el momento de verter su espíritu en las diferentes obras
que agotan sucesivamente los distintos presentes vitales de su inspiración. Por eso, toda obra de
arte potencia por sí misma el diálogo profundo entre el artista y quien la contempla. Diálogo que
trasciende la superficialidad de muchas relaciones humanas y propicia la admiración y el aprecio
ante la obra y su autor. Admiración y respeto que van más allá de la sintonía o discrepancia con
los cánones de la estética concreta en que se expresa el autor o con los que se identifica
preferencialmente el observador, el estudioso o el esteta.

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