DESDE MI BALCÓN
Artistas incomprendidos
Ramón Molina Navarrete
Hace frío y es de noche. Entro en el majestuoso Hospital de Santiago, subo las escaleras y me adentro en la gran sala de exposiciones y la encuentro repleta de cuadros y esculturas y cuadros-esculturas oscuros, llenos de sombras, enigmáticos, inmensos en profundidades, con formas y fondos que te hablan de miedos y de magias, de lunas y de estrellas, de relieves eternos, de dolor que oprime, de búsquedas lejanas para hacerlas presentes y conquistar el futuro, y alguna que otra vez muy escasamente, aparece alguna tonalidad suave de color que agradeces como quien toma un sorbo de aire en medio de la asfixia.
José María Hurtado rompe con la pincelada consumista, con el volumen plano, con la tonalidad que adorna, y se levanta herido por tanta mentira y corrupción, con el arma transparente de la independencia, de la honradez del sentimiento, de la creación por la creación, y se lanza, en una crítica sin perfiles, contra todo lo que es engaño y comercio interesado y movimientos programados... y, dolorosamente irritado, presenta un retrete con una mierda dentro y lo ensucia todo para hacernos desear, al menos, una gota de limpieza en las conciencias.
Pero me sigo sorprendiendo aún más cuando descubro que en el espacio central a lo largo de la sala, unas tablas de madera se levantan sin barniz y se dejan herir por el acero de los clavos.
La sangre, sobre la línea de lápiz cae de las heridas y el óxido pone su corrupción en otros clavos y hierros y materias que son despreciados y desechados por inútiles y viejos.
Somos nosotros, vivos pero muertos, clavándonos los unos a los otros nuestras miserias, hiriendo la mano que nos sostiene, adornados con nuestras propias soledades... y sin embargo todo parece en orden, en armonía, en líneas de equilibrio..., bajo doce, siempre doce, golpes de reloj que anuncian, al terminar de contarlos, un precipicio a la nada o un volver constante sobre el tiempo.
Pero me temo que algunos, ante las obras de los ubetenses José María Hurtado y Ramón Garrido, no comprenden nada, mientras otros no ven aquí otra cosa que improvisación, locura, imbecilidad e incluso desprecio.
Y salgo de allí condenado a pensar. Sigue haciendo frío y es de noche, pero algo arde en mí que se hace día.

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