Presencia y reflexión en la obra de Ramón Garrido

Miguel Viribay

Ramón Garrido (Ubeda, Jaén, 1961) muestra una muy bien ordenada exposición de sus obras en la galería de arte Atarazanas (Ayuntamiento de Baeza) del 13 al 28 de septiembre, adscritas a una dominante temática que encuentra en el clavo su protagonista, dentro del conceptualismo más ortodoxo.

Los orígenes del movimiento se instalan en la conciencia del arte norteamericano de los setenta, aunque tiene que ver con movimientos anteriores que parten de los readimades de Marcel Du-champ creados en 1914. Su propuesta es sacar el arte de las galerías y llevarlo a lugares abiertos confundiéndolo con la vida. De ahí la necesidad de los grandes espacios utilizados por Robert Smithson y su apuesta por una conceptualización de las "formas" como objetos naturales, no siempre distorsionados, y, en otras ocasiones, la sencilla presencia de estos objetos establecidos como fenómenos de producción industrial, que, de alguna manera, conecta la transformación de la vida y las cosas remitiéndolas reinterpretadas a la percepción colectiva.

La obra de Ramón Garrido tiene que ver con la segunda concepción, su mundo se adentra en ciertas distorsiones que, sin embargo, conservan intactos los orígenes de su forma y por reiteración pasan a ser la verdadera "forma" de una obra diferente que, de esta manera, se precisa como su más decidida y pura contraseña en cuanto

que mero material manipulado y sometido a la anáfora de un pensamiento mostrado en este mismo, poético y singular.

Todo y nada, sencilla materia o elevado sueño... En consecuencia, espacios configurados donde las cosas habitan en su propia mismedad que los afirma y los precisa diferentes. Cosas de entre las cosas todas, que diría Novalis, elevadas a otra categoría de orden superior que las habita y las remanso como material conformado fuera de su dosificación cotidiana hasta hacerlas símbolo del símbolo.

En tal sentido, no es demasiado ocioso pensar que en la sencilla percepción objetual del clavo tiene connotaciones ancestrales y, además de sus más conocidas propiedades, habita en el todo el clima de pasión y gloria del Cristianismo, primero para clavar al Mártir en la Cruz, luego para desmaterializar al Salvador y acercarlo a su Resurrección. De ahí que el impulso adquirido por la función del Descendimiento o representación del acto del Desenclavo sea una de las ceremonias más extendidas en España a partir del Concilio de Trento (1545-1563) y, en consecuencia, latido, símbolo y presencia constantes.

No se trata entonces de precisar el objeto como elemento desligado de su función, cualquiera que ésta sea, sino de asignarle categoría de cotidia-neidad o elevar lo a estados superiores. Ramón Garrido tiende a proponer la complicidad como norma de percepción colectiva, y la ambigüedad como el territorio adecuado para sus concreciones espaciales, abiertas a cualquier interpretación sensible al amplio vuelo de sus posibilidades.

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