Volver a Textos

 

Juan Manuel Gómez Segade

Catálogo exposición "a las doce en punto"

 

A LAS DOCE EN PUNTO

Conocí a Ramón Garrido a través de un amigo que mostró mucho interés en que nos viéramos. El primer Ramón al que yo saludé era un arquitecto con inquietudes no del todo definidas en el campo del arte, pero muy claras en el tamiz de sus sentimientos. Su primera exposición en Granada (“Crucificado”) me llamó la atención, menos por su apariencia de “arte póvera” que por la riqueza de significados; tantos, que atreverse a enunciarlos llega a producir agobio. Exactamente como sucede ante su última secuencia titulada “A las doce en punto”.

No es que Ramón Garrido deje sueltos algunos flecos para que cada cual escarbe en sus propias sensaciones; sino que es él mismo quien se desmadeja para exprimir el jugo de sus intuiciones ante el inefable estímulo de las cosas. El autor no juega ni reta al espectador: se descubre y ausculta, ofreciendo en bandeja los resultados de la disección entre la imagen visual que experimenta y una resonancia simbólica que siempre viene arropada por un cierto misticismo.

La materia de que se vale es objeto intrascendente, instrumento vanal y cacharro de acarreo. Ramón Garrido rescata pequeñas vísceras de artilugios cotidianos para salvarlos de la muerte, reivindicando trascendencia en todo lo que existe. En su empeño se adivina un reconocimiento entusiasmado por la naturaleza concebida como SER, por más que el ESTAR de cada cosa origine jerarquías que resultan insultantes.

En toda obra de arte hay algo objetivo amén de la intención significante, incluso cuando expresamente se detesta el enunciarlo: ¿cómo negar la afirmación de alguna cosa cuando se ostenta el hecho mismo de su presencia?. Molestaba a los “puristas” que se buscase explicación verbal a sus obras, por entender que ello derivaba en “literatura”; ni siquiera la poesía debía confundirse con la imagen abstracta, la sensación innominada, la contemplación impasible, y la emoción de la geometría. Pero el arte “conceptual” terminó por reducirse a moda palabrera, y las ideas compitieron con la forma de las cosas: la literatura salvó al arte de la nada fundiendo las metáforas visuales con los simbolismos plásticos.

La profesión de arquitecto puso a Ramón Garrido en contacto con los planos, las líneas, los puntos, el espacio, las funciones, los proyectos, el dinero... Pero él siempre vio mucho más entre esas líneas, monos y maquetas. Su actitud frente a la naturaleza le lleva a superar el tradicional dualismo entre espíritu y materia, superior e inferior, dominio y sumisión, bien y mal. Todo está transido de energía (espíritu), nada es sustancia inerte (inútil), todo es pasado y futuro si alguna vez fue presente, y nada es desdeñable en el concierto cósmico; porque las distancias en el espacio y en el tiempo son sólo parámetros subjetivos que pueden traicionarnos a la hora de interpretar la realidad.

Por eso el orín de un clavo antiguo es resplandor de trascendencia, por eso un trozo de hilo es compendio del ovillo, como una sola célula orgánica es resumen de la vida.

Es arriesgado enhebrar un discurso lógico sobre la obra de Ramón Garrido porque en todas sus secuencias plásticas priva el sentimiento, adobado con ecos de vivencias íntimas: unas veces del ejercicio de su profesión, y otras del ambiente religioso que ha respirado desde niño (la Semana Santa de Úbeda imprime carácter), y que desemboca en un compromiso social humanitario fácilmente perceptible.

Como arquitecto, se interesa por los materiales utilizados en el proceso de edificación: unos quedan incorporados como masa esencial y visible de la obra, y otros se descartan como desecho, pudiendo ser reciclados, tirados, o aniquilados (¿Cómo pasa con la gente?, ¿Cómo pasa con los pueblos?).

Esos últimos son los objetos que gritan a Ramón pidiéndole socorro. De esas cosas se compadece por ser las más débiles, y con ellas ejercita su misericordia. Son sus “pobres” a quienes da cobijo con gesto caritativo, ofreciéndoles algún día de gloria mientras los expone como depositarios de insospechada trascendencia

No han tenido el honor de perdurar incrustados en los muros de un palacio, o han permanecido en funciones de humilde servidumbre sin ser vistos, pero no por ello son menos importantes. ¡Todo es importante, aunque sea débil, aunque dure poco, aunque nadie lo sepa, aunque parezca nada, incluso aunque lo sea...!.

Escamado como está el autor ante el sentido común de los sentidos, tiene ya costumbre de escudriñar el reverso de todas las caras, porque en las cruces encuentra el más rico filón de significados: ¿que todo el mundo queda embobado ante unos fuegos de artificio? Ramón recoge las cañas y carcasas de los cohetes para llenar vitrinas con interminables mosaicos de relictos; ¿que todo el mundo se engolfa con la música y la fiesta de una feria andaluza? Ramón revisa los bordes del espacio al límite del tiempo que duró la juerga y descubre un gemido de desechos dolientes y semi descompuestos, se los acerca a los ojos, los acaricia, los recompone a su manera y los entablilla con vidrio transparente, pidiendo para ellos comprensión y agradecimiento.

No sé si con este apunte al hilo de tantos “hilos” como aparecen en la obra de Ramón Garrido estaré disolviendo una propuesta de más profundas intenciones. Pero no puedo evitar ciertas palabras recurrentes que en su obra tienen rol de manifiesto: perdón, cruz, misericordia, humildad, pobreza, cotidiano, sencillez... Se adivina una identificación con la naturaleza virgen de cada objeto, incluso de productos manufacturados que tan mala prensa tienen entre la pseudo progresía ecologista, como clavos, cables, maderas, fibras, plásticos... Para todos se reclama compasión y comprensión.

Se roza la poesía porque los símbolos no están en el rellano de la razón, sino en el pozo oscuro de los sentimientos. Por eso toda glosa que se enzarce con la vida puede ser aplicable a estas metáforas plásticas que Ramón Garrido nos presenta cada vez con más hondo significado.
¿Qué puede resultar moralizante? ¿Y quién dice que la estética no puede caminar hacia la ética? Ciertamente no está de moda hacer arte con la finalidad de mejorar al hombre, como preconizaba Platón. Suele ser poco rentable. Incluso se define el compromiso del artista como algo intrínseco a su papel de manipulador de sensaciones plásticas. 
Hace tiempo que no se lleva el arte “con mensaje”, porque la “provocación crítica” (incluso la más feroz, soez, y reventona) suele ser recurso publicitario encaminado a conseguir impacto y notoriedad, y no reflejo de un auténtico compromiso social.
Por el contrario, Ramón Garrido no pretende conquistar por la belleza formal de sus instalaciones, ni por la dificultad técnica de sus montajes. Su novedad, en medio de tantas extravagancias y provocaciones, es el rescate de lo aparentemente insulso, de lo inadvertido, de simple, porque todo tiene un “hilo conductor” que justifica su existencia.
Desde que trasteaba sus primeras acuarelas, le llamaron la atención los tubos gastados, la caja vacía de las pinturas, y el género enigmático de los instrumentos: de la materia pasará al sentimiento, como después de la forma al símbolo. 
Por momentos, parece pesimista optando por el silencio de los objetos mudos, o criticando la voracidad destructiva de la técnica, pero ¿Qué haría Ramón Garrido sin el misterio de la evolución?.
Para concluir estas reflexiones, baste transcribir su manifiesto en el que, con lenguaje de su profesión, ilustra un pensamiento cargado de emociones y jalonado por las dudas de un interminable vía crucis:
“La materia, objetos arqueológicos rescatados de la crueldad del consumo, de la violencia racista de la producción, se centran en una base cuya trayectoria los deja atrapados en el espacio, dentro de una línea espiral con final mudo. Es el vacío de la araña sin trama, sin posibilidad de desarrollo al torsionarse de forma empírica cada una de sus extremidades”.

Granada, 18 de octubre de 2002

 

 

comienzo de página