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Miguel Viribay Abad

Presentación de la exposición "Reiteraciones significantes" en la Galería de Arte Atarazanas. Baeza, septiembre, 1997

 

PRESENCIA Y REFLEXIÓN EN LA OBRA DE RAMÓN GARRIDO

Ramón Garrido Martínez (Úbeda, Jaén, 1961) parte de la experiencia visual para construir su universo a través de concreciones objetuales. Arquitecto en ejercicio, su dedicación a esta práctica de arte cuenta con una larga experiencia cuya filiación estética pertenece a una manera de pensamiento, sin el cual, ciertamente, nada existe en arte. Preciso decir que en esta parcela estética la obra pertenece, de manera abierta, al conceptualismo más ortodoxo acuñado en este siglo, esto es, al territorio donde el arte alcanza uno de los problemas límites de su praxis y se decanta por estados de pensamiento, partiendo de su propia reflexión y de las variables que ésta, de alguna manera, propone con su intervención espacial en la sensibilidad de cada receptor del hecho plástico.

Los orígenes se instalan en la conciencia del arte norteamericano al comenzar la década de los setenta, aunque tiene que ver con movimientos anteriores que parten de los readimades de Marcel Duchamp creados en 1914. Su propuesta es sacar el arte de las galerías y llevarlo a lugares abiertos al aire confundiéndolo con la vida. De ahí la necesidad de los grandes espacios utilizados por Robert Smithson y su apuesta por una conceptualización de las "formas" como objetos naturales, no siempre distorsionados, y, en otras ocasiones, la sencilla presencia de estos objetos establecidos como fenómenos de producción industrial, que, de alguna manera, conecta la transformación de la vida y las cosas remitiéndolas reinterpretadas a la percepción colectiva.

La obra de Ramón Garrido tiene que ver con la segunda concepción, su mundo se adentra en ciertas distorsiones que, sin embargo, conservan intactos los orígenes de su forma y por reiteración pasan a ser la verdadera "forma" de una obra diferente que, de esta manera, se precisa como su más decidida y pura contraseña en cuanto que mero material manipulado y sometido a la anáfora de un pensamiento mostrado en sí mismo, poético y singular. Todo y nada, sencilla materia o elevado sueño... En consecuencia, espacios configurados donde las cosas habitan en su propia mismedad que los afirma y los precisa diferentes. Cosas de entre las cosas todas, que diría Novalis, elevadas a otra categoría de orden superior que las habita y las remansa como material conformado fuera de su cosificación cotidiana hasta hacerlas símbolo del símbolo.

En tal sentido, no es demasiado ocioso pensar que en la sencilla percepción objetual del clavo (objeto utilizado con profusión por este artista en muchas de sus obras) tiene connotaciones ancestrales y, además de sus más conocidas propiedades, habita también en el todo el clima de pasión y gloria del Cristianismo, primero para clavar al Mártir en la cruz, luego para desmaterializar al Salvador y acercarlo a su Resurrección. De ahí que el impulso adquirido por la función del Descendimiento o representación del acto del Desenclavo sea una de las ceremonias más extendidas en España a partir del Concilio de Trento (1545-1563) y, en consecuencia, latido, símbolo y presencia constantes.

No se trata entonces de precisar el objeto como elemento desligado de su función, cualquiera que ésta sea, sino de asignarle categoría de cotidianeidad o elevarlo a estados superiores. Ramón Garrido tiende a proponer la complicidad como norma de percepción colectiva, y la ambigüedad como el territorio adecuado para sus concreciones espaciales, abiertas, no se nos olvide, a cualquier interpretación sensible al amplio vuelo de sus posibilidades.

Miguel VIRIBAY ABAD
Consejero del Instituto de Estudios Giennenses

 

 

 

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