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Javier Flores

Presentación de la exposición en el Museo Jacinto Higueras. Julio-Agosto, 2001

 

SER-AHÍ
Dasein, el Ser-ahí del que hablaba la fenomenología de Martín Heidegger, caído desde las falsas ideas adheridas por los siglos de Historia, defendiendo a través del abismo de la existencia, estrellándose finalmente sobre la faz de la realidad humana...
La videoinstalación que en esta ocasión nos presenta Ramón Garrido parece querer convertirse en metáfora de este pensamiento, adoptando como unidad semántica la forma del clavo. Más de un centenar de estas pequeñas piezas, alargadas y metálicas, cada una con su cabeza y su extremidad, expresan al individuo como sujeto concreto de esencia peculiar e incomunicable. Pero la habitual función del acero - ser fijado a alguna parte, asegurar una cosa respecto a otra - aparece completamente desechada en favor de considerar a la persona aisladamente, sin por qué o para que, despojada de destino u ocupación.

Las imágenes nos muestran con cierta dosis de ironía, cómo la mano invisible de la Historia (fuera de nuestro campo visual ) va sacando a los metálicos individuos de la caja azul (color del infinito ) donde están confinados en orden perfecto. Por su parte, los zapatos en que se asienta (que sí son visibles ) aparecen sin embargo desatados, como si fuera predecible una caída humillante. Desde estas alturas se van dejando caer uno a uno mas de un centenar de clavos, que van colisionando sucesivamente con la áspera superficie de la realidad. Se va conformando de este modo una suerte de dibujo aleatorio sobre el suelo, donde cada pieza se orienta según la posición azarosa de su cabeza - cuan sabio es el lenguaje popular para otorgar términos antropomórficos -. En el extremo opuesto del clavo y de modo indiscernible, se encuentra la afilada punta, extremidad que asume todo lo que de agresivo y violento hay en el ser. Son pues estas pequeñas piezas expresiones de la dicotomía propia del individuo, la oposición entre lo dócil y lo provocador, lo manso y lo belicoso.

todos los términos han sido ya derribados - plástico envoltorio, clavos, virutas y la propia caja - yaciendo esparcidos por el suelo. Arruinadas todas las estructuras posibles no queda más remedio que volver a empezar, pero de otro modo. Es ahora la mano ingenua y sencilla de un niño la que reorganiza la situación, guiándose por una mirada pura, nada contaminada, basada en la inocencia como único motor posible para conseguir un orden nuevo.
No quisiera concluir este comentario sin hacer una especial mención hacia la reflexión que supone esta y otras muchas obras de nuestro autor sobre los conceptos de orden y caos. Se hace patente un deseo, si no de subvertir las tradicionales acepciones de estos términos, si al menos de entenderlos de un modo notablemente personal. El orden debiera ser una mera sucesión de las cosas, una colocación estructurada en atención a la armonía, paz y normalidad del conjunto. Jamás tendría que llevar aparejado significaciones relativas al precepto, la regla, la disciplina. Es por ello que el artista desarrolló en el pasado varias obras en las que se expresaban los efectos demoledores de un orden entendido como mandato, como autoridad que se debe obedecer y ejecutar dentro de los precisos límites de la obligación, formaciones de clavos que se disponían militarmente en tropa de líneas y columnas, o enfiladas hacia la figura hierática y brillante de un clavo beneméritamente condecorado. A modo de contraposición , en otras obras se muestra una disposición de los aceros en aparente caos, pero donde los individuos ocupan quizá el lugar que les corresponde; no como desconcierto o enredo sino como un estado natural, originario y armónico que debe ocupar el ser, donde la pátina de óxido no es otra cosa que la sedimentación del tiempo en la pieza. Posiblemente nos sugiera el autor con esta videoinstalación que el desorden es el único orden posible donde se pueda instalar el ser, o mejor debiéramos decir el Ser- ahí.


Javier Flores
Doña Mencía, Agosto de 2001

 

 

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